Tadoussac, en la ruta de las ballenas


Texto:   Daniel Martorell                                     Fotos:   Isaac M. Alcázar

Salitre e historia al abrigo de la naturaleza salvaje

La potente lancha neumática planea a toda velocidad sobre las oscuras aguas del río Saint-Laurent en busca del primer encuentro del día. A popa, el pequeño pueblo de Tadoussac se hace cada vez más pequeño. Acurrucados y embutidos en chaquetones rojizos, una veintena de turistas se preparan para lo que seguramente será una experiencia única. Encienden cámaras, agudizan la vista y esperan la señal. De repente, el grito que esperaban: ¡ballena a estribor! Una beluga hembra escolta a su pequeña cría sin más preocupación que conseguir alimento, algo sencillo en este recóndito paraje de Quebec (Canadá). Las aguas dulces y tibias del fiordo Saguenay se mezclan aquí con las del río Saint-Laurent, más frías y saladas, originando una inusual proliferación de krill, un pequeño crustáceo que a los cetáceos les sabe a gloria. Barra libre de comida, entorno protegido por ley y un agua pura. Sin duda, un templo sagrado para las ballenas.
La relación de Tadoussac con los cetáceos es tan antigua como la propia historia del pueblo, fundado en 1600. Se sabe que pescadores vascos llegaron hasta aquí en busca de botines balleneros. La mar ha sido, sin duda, una de los principales fuentes de ingreso, y hoy sigue siéndolo, aunque los arpones ya sólo se usan como elementos decorativos. El avistamiento de mamíferos marinos es, junto al senderismo, el gran reclamo del pueblo. De abril a noviembre, miles de turistas visitan cada año Tadoussac y su Parque Marino Saguenay-Saint-Laurent siguiendo la Ruta de las Ballenas, un recorrido que bordea la orilla norte del estuario y del golfo del río Saint-Laurent a lo largo de casi 900 km.

Un Edén aislado

Desde Quebec, por carretera, siguiendo la autovía 138, se tarda poco menos de 3 horas hasta toparse con el fiordo Saguenay. Aquí se termina el asfalto -en este área protegida no está permitido construir puentes-, y Tadoussac queda al otro lado del agua. Toca tomar el ferry. Son apenas 10 minutos de travesía en barcos adaptados para el transporte de vehículos, en un servicio de 24 horas y gratuito.
Conviene llevar ropa de abrigo, aunque la visita sea en verano, y no está de más ir equipado con prismáticos ya que el avistamiento de ballenas es posible incluso desde los caminos de la costa que rodean el pueblo. Sin duda, su aislamiento y el entorno de pura naturaleza salvaje que lo rodea hacen de Tadoussac uno de los rincones más hermosos de la provincia de Quebec.